Después de un largo periplo por el sudeste asiático Mónica cambió su manera de percibir la realidad y así transformó su entorno. Cada rincón de su hogar es reflejo de esta nueva manera de ser que transmite paz, energía y guarda delicada atención a los detalles.

En el 4º piso del distinguido edificio YOO Nordelta me recibe Mónica, con una sonrisa y descalza. Su hogar es reflejo de todas las vivencias que marcaron su vida. Composición armónica de objetos traídos desde el lejano Oriente, testimonio de una transformación interior, junto con reliquias familiares que hablan de sus raíces europeas.

Un libro antiguo del siglo XIII situado en el centro de la habitación,  perteneció a la bisabuela de Mónica. Un inmenso cuadro del siglo XIX de un pintor Austriaco  tiene una gran presencia en este interior y nos revela los orígenes de su familia:la Viena imperial, capital de Austria. Muy cerca, una vasija tailandesa donde desbordan plantas nos traspola a Oriente.Mónica nos cuenta que tanto ella como su marido aman viajar y que destinos como Europa, ya sea por trabajo o familia, terminaron siendo más que conocidos, por lo que decidieron aventurarse a nuevos horizontes. Egipto, Turquía, Israel y finalmente el sudeste asiático.

Así fue como emprendieron viaje a Tailandia, Camboya y Birmania, siguiendo por China y Japón, sin saber que estas culturas transformarían su vida para siempre.

Hoy, a dos años del viaje, Mónica cuenta “Es otro mundo, me abrió la cabeza, me volví Budista”. Según Mónica, el Budismo no es una religión sino una filosofía de vida, donde Budaes venerado y ofrendado en los templos por haber sido el maestro que transmitió toda su sabiduría.Tales enseñanzas llevan a meditar todos los días y a vivir una vida solidaria y sencilla. En sus palabras: “es sacar la vista del ombligo y mirar al prójimo”. Lo que más le impactó de su forma de vida es que no poseen prácticamente nada material y así son plenamente felices, “tienen la sonrisa marcada en la cara” comenta Mónica emocionada.

En la biblioteca tiene un monje tallado por un artesano japonés que adquirió en la isla Miyajima en un festival religioso que le llegó a lo más intimo. La experiencia fue tan intensa que al retirarse, un monje la siguió y le regalo una botella de agua bendita como signo de fraternidad. Junto a la artesanía descansa el rostro de Buda tallado en Teca, madera autóctona de Tailandia, y una campana metálica, réplica de las que se encuentran en todos los templos. Su función es sonar tres veces cada vez que alguien realice una muy buena acción para contagiar e inspirar al resto de la comunidad.

En las paredes blancas cuelgan banderines verticales provenientes de un criadero de elefantes. Estos pendían de los árboles y formaban parte de un método de enseñanza basada en el amor. Sobre el hogar se encuentra un calendario Birmano enmarcado, en el cual a cada mes le corresponde un animal en particular. Al lado un collar chino típico de Yunnan, que usan las mujeres en los festivales para adornarse mientras bailan. Un violín característico  de la cultura oriental le recuerda a Mónica, cómo la gente mayor baila en las plazas y toca este instrumento con devoción.

La mano

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Fotografia María Aldana Falasco

Una mano con gesto singular, es la escena principal del living. Esta pieza tallada en teca, es originaria de un templo en Kyoto. Mónica, al descubrirla, vio la mano de su nieto, un niño con síndrome de Angelman. Pocos días atrás había sido fotografiado, para un evento caritativo de la fundación Casa Angelman. Al verla, Mónica quedo emocionada y conmovida. Un encuentro casi mágico que la llevo a una profunda retrospección.

En la foto, la mano parece dirigirnos la atenciòn hacia un pequeño  Bonsái. Con sus aproximados 18 años el árbol debería ser gigante y sin embargo se lo puede sostener con las palmas de las manos. Su delicada representación en miniatura del esplendor de la naturaleza llena de energía y de mística todo el lugar.